“Si hay cielo, también tienen derecho a él los animales”

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vacaPor: León Gil. Las vacas parece como si a diario se echaran plácidamente a masticar sus chicles de yerba-buena, a rumiar sus vacunos pensamientos…

o simplemente a ver desfilar los trenes de nubes desfilando por las carrileras del horizonte y, observar atentas pero impasibles cualquier fenómeno meteorológico o pedestre.

Con su pecho y su cabeza altivos, parecen investir de majestuosidad sus actos  de meditación y contemplación bovinos. Tal vez por todo lo anterior es que cuando algo o alguien las obliga a abandonar su posición y sitio, lo hacen con un aire de suprema indignación y con un leve y justo trotecito; para después echar una mirada despectiva a aquél o aquello que perturbó su estado de reposo y equilibrio.

Creo comprender un poco a los hindúes: las vacas no serán sagradas, pero en su actitud semejan auténticas divinidades antiguas, sagradas vacas, vacas sagradas.

Paradoja

Al escritor de ficción con frecuencia se le pide opinar sobre los más diversos temas de la realidad más trascendental y profunda, así como de la más banal y superflua; bien sea de política, sociología, sexo, religión, moda, ciencia o farándula; y todo lo que al entrevistador se le venga a la cabeza. Pero lo más extraño es que en sus respuestas a tan heterogéneas encuestas jamás nos encontremos la simple y lógica, “no sabe”, “no responde”… ¿Sabio o presumido?

Los animales y el hombre

Por la clase de trabajos y conductas que ejecutan y demuestran muchas especies animales, se sospecha que poseen “algún” tipo de inteligencia, pero se duda de que puedan pensar de manera análoga a como lo hace la especie humana. Y yo me pregunto; ¿no podría hacerse el análisis de estos hechos y experimentos completamente a la inversa? Es decir, dado el tipo de conductas que presentan muchas clases de humanos, ¿no podría deducirse que la mayoría de los hombres es completamente idéntica a los animales, y que en realidad lo único que –aparentemente- nos diferencia es el lenguaje y algunos objetos más (o de más) que fabricamos supuestamente para nuestra comodidad y supervivencia?

Millones de seres humanos nacen, construyen sus viviendas, se procuran su alimento, se reproducen y mueren, y en lugar de trinar, mugir, ladrar o barritar; hablan, parlan, parlotean. Tal vez –parafraseando a Luis Cardoza y Aragón-, la única prueba concreta de la diferencia  entre el animal y el hombre es la poesía, el arte en general; pero aun en este aspecto muchos animales nos superan con sus obras arquitectónicas y musicales, por ejemplo.

En conclusión; si hay cielo, también tienen derecho a él los animales. Pero el infierno dejémoslo exclusivamente para los humanos. Los animales nacen y mueren inocentes, mientras el hombre nace con el pecado “original”, con una horrible mancha que con los años más se acentúa y acrecienta.

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