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Discurso de Murakami al recibir el Premio Internacional Catalunya

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Murakami2Soñadores «poco realistas». La última vez que estuve en Barcelona fue en la primavera de hace dos años. En uno de los actos públicos en que participé, me quedé pasmado…

…de que acudieran tantos lectores para que les firmara un libro.

Se formó una cola larguísima y me pasé más de una hora firmando. Tardé tanto porque muchas lectoras querían darme dos besos. Y la cosa se alargó bastante.
He firmado libros en muchas ciudades del mundo, pero el único lugar donde me he encontrado con que las lectoras quisieran darme un par de besos ha sido aquí, en Barcelona. Es sólo una de las muchas anécdotas que me han hecho ver que Barcelona es una ciudad realmente maravillosa. Estoy muy contento de volver a estar en una ciudad tan bella, con una historia tan larga y una sólida cultura.
Desgraciadamente, hoy no hablaré de besos, sino de un asunto un poco más serio.

Como saben, el pasado 11 de marzo, a las dos y cuarenta y seis minutos de la tarde, la región japonesa de Tôhoku sufrió un grave terremoto. La sacudida fue de tal magnitud que la velocidad de rotación de la Tierra se aceleró ligeramente y el día se acortó en 1,8 millonésimas de segundo.

Si el terremoto causó enormes daños, el posterior tsunami dejó un rastro terrible. En algunas zonas, el tsunami alcanzó los treinta y nueve metros de altura. Treinta y nueve metros quiere decir que es imposible salvarse aunque uno se encuentre en el noveno piso de un edificio normal. Las personas que estaban cerca de la costa no pudieron escapar, y se estima que aproximadamente veinticuatro mil perdieron la vida. De éstas, unas nueve mil se encuentran desaparecidas. Fueron arrastradas por el tsunami y aún no se han hallado sus cadáveres. La mayoría debieron de hundirse en el gélido mar. Sólo con imaginar que también yo podría haberme encontrado en esa situación, se me pone la carne de gallina.

La mayoría de los supervivientes han perdido a sus familiares y amigos, han perdido sus casas y sus pertenencias, han perdido su comunidad; es decir, han perdido todo aquello que conforma la base de la vida. Algunos pueblos han quedado completamente arrasados. Seguro que mucha gente ha perdido incluso las ganas de vivir.

Por lo visto, ser japonés implica convivir con numerosas catástrofes naturales. Entre finales del verano y principios del otoño, buena parte del territorio japonés se convierte en zona de paso natural de los tifones, que cada año causan graves daños y se cobran gran cantidad de vidas. En todas las regiones del país se registra una importante actividad volcánica. Y después, evidentemente, están los terremotos. El archipiélago nipón, en el extremo oriental del continente asiático, está peligrosamente situado encima de cuatro grandes placas tectónicas. De hecho, es como si viviéramos encima de un nido de terremotos.

Se puede saber, hasta cierto punto, el día en que llegará un tifón y por dónde pasará, pero con los terremotos, en cambio, no hay predicciones que valgan. Sólo sabemos con certeza que el terremoto más reciente no será el último; que en un futuro cercano, quizá mañana mismo, se producirá otro. Numerosos expertos prevén que antes de veinte o treinta años se desencadenará un gran terremoto de magnitud 8 en la región de Tokio. Y nadie sabe exactamente los daños que causaría un terremoto con el epicentro cerca de una metrópoli tan densamente poblada como Tokio.

Sin embargo, sólo en Tokio hay actualmente trece millones de personas que siguen haciendo «vida normal». La gente sigue desplazándose cada mañana en trenes llenos hasta los topes y trabajando en rascacielos altísimos. No tengo noticia de que la población de Tokio haya disminuido después del último terremoto.

¿Cómo es posible?, deben de preguntarse. ¿Cómo es posible que tantas personas vivan como si tal cosa en un lugar tan peligroso? ¿Cómo es posible que el miedo no les haga perder el juicio?
En japonés tenemos una palabra, mujô (無常), que designa el hecho de que no hay nada que sea permanente, que no hay ningún estado que dure para siempre. Todas las cosas que existen en este mundo acaban extinguiéndose, todo cambia sin cesar. No hay ningún equilibrio eterno, no hay nada lo bastante inmutable como para que se pueda contar con ello para siempre. Es una manera de ver el mundo que proviene del budismo; aunque se dé en un contexto un poco diferente del religioso, la idea de mujô se encuentra fuertemente arraigada en la psicología de los japoneses, que la hemos heredado prácticamente intacta desde la antigüedad como una parte de nuestra mentalidad como pueblo.

Podría decirse que esta idea de que «todo pasa» implica una especie de resignación ante el mundo, la aceptación de que, al fin y al cabo, el hombre no logra nada oponiéndose al curso de la naturaleza. Aun así, los japoneses hemos sabido encontrar una forma de belleza en esta resignación.

Si nos fijamos en la naturaleza, por ejemplo, en primavera admiramos los cerezos en flor, en verano las luciérnagas y en otoño las hojas amarillas de los bosques. Además, lo observamos todo con pasión, todos a la vez, como una costumbre, casi como si fuese un axioma. Cuando llega la época correspondiente, los lugares más famosos para contemplar los cerezos en flor, las luciérnagas o las hojas del otoño se llenan de gente y casi es imposible reservar una habitación de hotel.

Fuente: Tusquets Editores/Barcelona

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