Ganador del I Concurso de Cuento Gastronómico

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kike1La primera edición del Concurso Gastronómico que recibió 36 cuentos, otorgó como ganador al cuento “Lo que sobrevivió la fuego” del periodista y escritor Enrique Patiño.

Reunidos en Bogotá, el 6 de Agosto del 2011, Guillermo Martínez, gerente y propietario del restaurante “Casa Martínez”, Hernán Padilla director y gerente del periódico Golpe de Opinión, Ileana Bolívar co-directora de la revista Libros & Letras, Andrea Herrera miembro de la Agencia de Noticias Culturales, Carlos Castro director de Periodismo Sin Afán y el periodista Jorge Consuegra, determinaron, después de haber dado lectura a los 36 cuentos que llegaron a la presente convocatoria, entregar el primer premio al cuento “Lo que sobrevivió al fuego” cuyo autor es Enrique Patiño. Y otorgar un segundo lugar al cuento “Ajiaco Levantamuertos” escrito por Armando Chavarro.

A partir de la fecha se convoca al II Concurso de Cuento Gastronómico “El Ajiaco”, cuyas bases serán las mismas que para la presente convocatoria: una extensión máxima de una cuartilla o página o folio. Se deberán enviar hasta el 31 de Julio del 2012 y se premiará el 6 de Agosto, fecha de la fundación de Bogotá.

“Lo que sobrevivió al fuego”

Autor: Enrique Patiño (periodista, escritor colombiano)

Después de veintisiete lunas sin dejar de llover, el sol despuntó sobre el altiplano, una señal inequívoca de que Xué estaba contento y los días por venir serían buenos. El cacique llamó a su comunidad y dispuso que los hombres adultos recolectaran frutos y que las mujeres trajeran agua en cuencos desde los ríos que descendían de los páramos. Pidió reactivar el comercio y bajar de los altos con sal para canjearla por maíz de las tierras bajas y a los más jóvenes los conminó a recoger los tubérculos de las laderas de las montañas, cuyas flores violeta amenazaban con marchitarse. A un par de cazadores les encargó un ciervo de los que pacían en las proximidades de los humedales. A los artesanos, por su parte, les solicitó buscar los leños secos que habían permanecido protegidos en cuevas para comenzar a forjar con ellos piezas doradas en homenaje al astro rey, y una parte de los maderos se destinó a la preparación de una comida de festejo.

Dos de los hijos del cacique lograron encender el fuego, un oficio que apenas los iluminados sabían ejercer. Cinco mujeres se reunieron alrededor de las brasas e introdujeron maderos secos mientras estiraban sus piernas para calentarse y lavaban con sus manos de callos trajinados los tubérculos terrosos, las papas anchas y aplastadas de apariencia ambigua. Las introdujeron en la vasija de barro sobre el fuego, al igual que otras pequeñas papas amarillas que se daban silvestres y maíces que conservaban de los anteriores trueques. Mientras comenzaba a hervir el agua, dispusieron los cuencos de totumo para servir la cocción, y trajeron una hierba secreta para aplicarla al potaje.

De súbito, los hombres que habían ido a canjear el maíz retornaron por el horizonte y alertaron sobre lo que ocurría: una masa de seres mitad animal y mitad humano subía por las últimas laderas y coronaba el altiplano. Tenían pelo en abundancia y causaban la muerte con varas carcomidas por el óxido.  El cacique no tenía noción de la existencia de seres así, pero el día era bueno, Xué estaba de su lado y se sintió seguro de que nada malo podía pasar en un día de festejo.

Los seres llegaron pronto, montados sobre bestias que resoplaban y cuyas cabezas largas nunca habían sido vistas en estas tierras. Parecían uno solo, pero los visitantes descendieron de ellos y entonces se distinguieron independientes. Al desmontar, su presencia y número se duplicó. Hedían y venían ataviados con trajes pesados y pesarosos, sus manos y nucas habían sido devoradas por las nubes de mosquitos que los sobrevolaban, hablaban en un idioma extraño y aunque el cacique no entendía lo que decían, en sus ojos leyó la codicia y la rabia, la desazón y el cansancio, el hambre y la esperanza, la barbarie y la violencia. Un hombre ataviado con una túnica larga le mostró al pueblo un par de palos cruzados y algunos de los visitantes se arrodillaron ante éstos, y otro pronunció palabras largas que leyó de un bando. Los habitantes del páramo no vieron la amenaza detrás de esos maderos, sino que se concentraron en las bestias que resoplaban, en los yelmos y bacinas, en las espuelas y las barbas de los foráneos. Todo era una novedad hasta que de pronto vinieron los gritos y se desparramó la muerte.

Los foráneos tomaron el ciervo y lo asaron a las brasas. Los esclavos africanos que cargaban pesados fardos llegaron después de la desolación y, agotados, buscaron alimento entre las brasas. Apenas quedaba un potaje espeso de papas desleídas. Lo probaron y lo compartieron con los suyos, bajo la mirada de desprecio de los visitantes. Prometieron guardar el secreto y conservarlo para repetir su sabor y no olvidarlo.

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