El derecho me ha servido para tratar de ser un buen periodista: Óscar Alarcón

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Oscar_alarconPor: Jorge Consuegra (Libros y Letras) Óscar Alarcón, al igual que David Sánchez Juliao, tiene la fascinación de la palabra. Usted puede pasar cinco, seis o más horas con él, y con seguridad que va a querer más y más.

Cada anécdota la une con la siguiente y el final de cada historia la une con el comienzo de la siguiente. Y lo que es aún mejor, tiene el encanto del humor y en medio de cada relato le inyecta esa maravillosa dosis que hace reír “a carcajada batiente” a todos los que están a su alrededor.

Hoy Óscar Alarcón está pensionado. Felizmente pensionado. Y vive más que feliz que antes, rodeado de libros ¡muchísimos libros! Y es feliz con el computador-Twitter-Facebook-Hotmail-Yahoo, se habla con los amigos, escribe sin falta sus “Microlingotes”, escribe más libros, los corrige, “se echa sus paseos” por cualquier rincón de la ciudad, aunque a veces se recuesta en la nostalgia y recuerda los años maravillosos del periodismo del que, a estas horas de la vida, no se ha podido desprender.

– ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes metido en una sala de redacción?

– Cuando en un muy breve editorial de El Espectador don Gabriel Cano echó del periódico a tres excelentes periodistas, Juan Gossaín, Javier Ayala e Isaías González por haber firmado una carta de apoyo a la Revolución Cubana. Yo no la firmé porque ese día no fui a almorzar con ellos en la cafetería del Hotel Continental en donde la italiana, doña Savina, preparaba una excelente bouillabaise. Isaías (ya fallecido) publicaba en El Vespertino una pequeña columna, que salía con los “monos” llamada “Microlingotes”, sin firma, en donde a veces yo le soltaba uno que otro apunte y a veces Isaías, por mamarme gallo, algunos me los atribuía a mí. Cuando ellos salieron por el editorial, don Gabriel se me acercó a mi escritorio (yo creía que me iba a reclamar, o también a echar, sin editorial, porque con  algunos compañeros comentamos que no estaba bien que hubieran tomado esa actitud con tan buenos amigos y periodistas). No, don Gabriel se me acercó para decirme que a partir del día siguiente debía hacer los “Microlingotes” y que la columna iba a salir firmada. Me sorprendí y le manifesté que no tenía el ingenio ni el talante necesario para hacerla, y menos diariamente. Don Gabriel me respondió: “Pues si no la va hacer, vaya cogiendo sus cosas y se va”. Desde entonces la estoy escribiendo y han pasado más de cuarenta años”.

– ¿Es muy diferente el periodismo que se hacía hace cuarenta años al que se hace hoy?

– Yo tengo la idea que el periodismo tecnológicamente, por lo menos el escrito, duró quinientos años haciéndose tal como inventó Gutenberg: en plomo, en caliente, con linotipos, con matrices, y por supuesto con máquinas de escribir, que fue como yo lo aprendí. Desde hace treinta y cinco años, empezó a cambiar, en frío y con computadores. Recuerdo que cuando llegaron los primeros computadores y pantallas, no nos queríamos acercar a esos “animales” y hasta unos colegas del Colegio de Periodistas de Venezuela invitaron a una reunión latinoamericana en Caracas, a la cual fui con Fernando Barrero en representación del CPB. El propósito era promover un movimiento a nivel internacional contra esas máquinas modernas, que atentaban contra la salud. Las pantallas de los computadores, decían, dañaban la vista en menos de dos años. Hoy treinta años después, somos felices escribiendo en computador y en mi caso soy incapaz de trabajar en una sala de redacción. Necesito soledad, ningún ruido (ni siquiera música, que me gusta tanto). Por eso lo hago en mi casa, en mi estudio, con mis libros y diccionarios. Antes cuando cubría el Palacio Presidencial o Congreso, la noticia o la crónica ni siquiera la escribía, la dictaba. Hoy el periodismo ya no se hace así. Las circunstancias han cambiado, tanto en la prensa escrita, como en la televisión y en la radio. Además para hacer un informe se necesita estudiar, tanto que la mayoría de periodistas son egresados de universidad y no empíricos como fueron los de mi generación. Nosotros, la verdad, éramos medio irresponsables, trabajando con el calor de la noticia y el calor de los linotipos.

– ¿Ser abogado es a veces mejor que ser periodista?

– En mi caso, las dos disciplinas se han complementado. El Derecho me ha servido para tratar de ser  un buen periodista. Como abogado he ejercido la profesión pero jamás he dejado de escribir, ni siquiera cuando fui funcionario público. Podría decir que el Derecho ha sido mi trabajo y escribir es mi placer.

– ¿Sientes a veces nostalgia de no ver los lingotes al preparar un periódico?

– Entiendo que te refieres a lingotes con los que se trabajaban los linotipos y no a la columna que escribo. Por su puesto que hay nostalgia, como aquella que se siente cuando se visita un anticuario, sitios a los que, por lo demás, soy muy asiduo. Y en donde, a pesar de ser anticuarios siempre hay cosas nuevas.

– Son mejores los Microlingotes que los macrolagartos.

– Esa es una de las ventajas que tiene este periodismo que hago ahora en donde los macrolagartos no son tan numerosos como los que uno encuentra en la reportería. Pero de que los hay, los hay. No falta quien pida que lo mencione en un “Microlingote”.

– ¿Por qué decidiste hacer un libro sobre curiosidades de la Constitución?

– La idea no fue mía. Me la propusieron en la editorial Planeta a comienzos de este año. Le di muchas vueltas al tema porque me pusieron la meta de que lo entregara antes del 30 de Mayo. Me parecía imposible y terminé haciéndolo en menos de dos meses. Claro, yo tenía mucho material porque el derecho constitucional me apasiona, y eso me facilitó no sólo para cumplir el plazo sino para entregarlo antes.

– ¿No crees que la Constitución debe ser hecha por un sastre y no por políticos, por aquello de los remiendos?

– Si la Constitución del 91 la hicieron políticos, poetas, periodistas, indígenas, futbolistas y para algunos fue un de… sastre ¡Que tal que lo hubieran hecho los sastres! Claro, no hay que satanizar a los sastres: el abuelo de Alfonso López Pumarejo, Ambrosio López, fue un sastre que fundó en el siglo XIX las Sociedades Democráticas y además fue de los líderes en la elección de José Hilario López. Y acuérdate que el padre de ese gran periodista estadounidense que tanto admiramos, tu también, Gay Talese, fue un italiano inmigrante. Talese dice que comenzó a hacer periodismo escuchándole las historias a los clientes de su papá.

– ¿Crees que Álvaro Uribe se excedió reformando sin tino la Constitución?

– Las constituciones, en lo que tiene que ver con sus reformas, son de dos clases: rígidas, que son aquellas difíciles de reformar o flexibles, que son las fáciles de reformar. Aquí, para complacer a Uribe crearon otra categoría: las geneflexas.

– ¿Qué fue lo más complicado en la producción del libro?

– Encontrarle su lado oscuro.

– ¿Es un libro para que no volvamos a cometer los errores de siempre?

– “Errar es humano”. Como escribir herrar.- ¿Qué otro libro tienes en salmuera?

– Entre otros, uno del cuál estuvimos hablando. Y me dijiste que hablámamos. ¿Cuándo hablamos?

Capítulo XIX
Páginas en blanco
De todas maneras el 4 de Julio no hubo formalmente Constitución. Pero, a pesar de esa circunstancia, en el Salón Boyacá del Capitolio Nacional se congregaron el presidente Gaviria, la primera dama, Ana Milena Muñoz de Gaviria, los presidentes y constituyentes, como también ex presidentes, embajadores, altos funcionarios del Estado, representantes de organizaciones políticas, económicas,  sociales y culturales.
De los presidentes, el encargado de la ceremonia protocolaria de ese día fue Álvaro Gómez quien no tuvo una buena relación con el secretario de la Convención, Jacobo Pérez Escobar, y por ello omitió ubicarlo en la mesa principal, como era lo correcto y lo señalaba el protocolo. Por eso, al muy respetable hombre de Aracataca –allí nació Pérez Escobar–, catedrático de varias universidades, le tocó buscar albergue en la tribuna de prensa.
Los presidentes de la Constituyente, todos en coro como en Fuenteovejuna, procedieron a proclamar la nueva Constitución. Luego pronunciaron sendos discursos Gómez, Serpa y Navarro y después, bajo los acordes de El Mesías de Händel, cada uno de los Constituyentes estampó su firma. Uno de ellos, Juan Carlos Esguerra, tomó la pluma y antes de estampar su rúbrica, se santiguó, no se sabe si por religiosidad o por buscar la ayuda de Dios para el buen porvenir de la Carta. O, de pronto, por las dos cosas. En cambio Alberto Zalamea fue el único que se abstuvo de suscribirla, como también el secretario Jacobo Pérez Escobar.
 Siguiendo una costumbre muy nuestra, el primero en sancionarla fue el presidente Gaviria. Si bien en Colombia tanto las Constituciones como las reformas constitucionales las firman los presidentes, esta costumbre es praeter legem, es decir, va más allá de la Carta, pues la sanción por parte del jefe del Estado no es necesaria ya que el primer mandatario no es constituyente.
Después de la ceremonia y del concierto de Händel se trasladaron a la Casa de Nariño a compartir un coctel ofrecido por el primer mandatario. Muchos congresistas que estaban invitados no quisieron concurrir porque se sentían maltratados por la revocatoria y otras disposiciones que consideraban lesivas para con su institución.
En medio del acto social, en un rincón del Salón de Gobelinos, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Pablo Cáceres Corrales se le acercó a la constituyente María Teresa Garcés y le comentó:
–¡Como así que todavía no hay Constitución! Si hoy a las doce de la noche no la dan a conocer, la Corte Suprema va a decir mañana que rige la Constitución de 1886.
¡Y quien dijo miedo! María Teresa Garcés, quien era de la Comisión Revisora salió corriendo –eran las ocho y media de la noche–, y como pudo se resguardó del frío que a esa hora domina en el centro de Bogotá,  se dirigió al Hotel Tequendama a trabajar infructuosamente en la conclusión de su misión con quienes se habían quedado en esa labor. Amaneció con resfriado y sin Constitución.
Ese día, el 5 de Julio, los medios de comunicación buscaban infructuosamente que le suministraran copia de la nueva Constitución y Pérez, un poco sacándose el clavo de lo que le había hecho Álvaro Gómez, declaró que no había texto,  por lo mismo no habían promulgado la nueva Carta y por tal razón seguía vigente la de 1886. 
La estaban viendo negra el Gobierno,  los Constituyentes y, por supuesto, el país. Y eso no se decía por el color moreno del secretario Jacobo Pérez Escobar, sino porque éste aseguraba que su labor constitucional había terminado a las doce de la noche del 4 de julio.
En las horas de la tarde el ministro de Gobierno, Humberto De la Calle Lombana, llamó telefónicamente a Pérez y le pidió que para no perder el esfuerzo que se había hecho terminara la labor inconclusa de la Asamblea Constituyente. Después fue  el presidente Gaviria quien lo llamó para solicitarle “el favor patriótico” de  trasladarse al Hotel Tequendama a terminar de codificar el nuevo texto. El secretario atendió gustoso los requerimientos y durante tres días se trasladó al Hotel Tequendama, a la habitación 1135, para comparar artículos, escuchar grabaciones de las sesiones, ver papeles y papelitos para poder dar fe, como un verdadero notario de la historia, sobre cuales eran los artículos aprobados y si la redacción correspondía al verdadero propósito de los constituyes. Finalmente, a las cuatro de la madrugada del domingo 7 de julio Pérez dio por concluida su labor y pudo gritar a esa hora: “¡Habemos Constitución!”.
Allí no hubo Händel, ni Bach, tampoco cámaras de televisión. Estaban ojerosos y con cara de trasnocho, además del secretario, los constituyentes María Teresa Garcés, Gustavo Zafra y Hernando Yepes Arcila, miembros de la Comisión Revisora Este último  estaba vestido de smoking porque en la noche se había ausentado para asistir al matrimonio del magistrado auxiliar de la Corte Julio César Ortiz con Ana María Echeverry, celebrado en el Hotel Royal de la calle 98. Luego de bailar el vals con la novia, tomar champaña Veuve Cliquot, regresó desesperado a colaborar en la  labor de remate constitucional. Fueron tres días, 44 largas horas, más las agotadoras jornadas anteriores en las que también trabajaron con la esperanza de que la Constitución estuviera lista el 4 de Julio, pero no lo lograron.
Luego, el técnico de sistemas de la Presidencia, Carlos Garavito, quien estuvo al frente de las computadoras durante la etapa final de la Asamblea, tomó en sus manos un listado de computador con el articulado y regresó con el texto de la Constitución impreso en papel de seguridad, con letras góticas, como la historia nacional ha guardado muchas de nuestras constituciones anteriores. Pérez se tomó el trabajo de firmar durante una hora uno a uno los folios. Luego hizo un acta que fue suscrita por él, dos delegados, los miembros de la secretaría, tres periodistas y un niño. A pocos metros de la habitación 1135, otros periodistas, Roberto Vargas, Fabio Fandiño y el fotógrafo Gustavo Torres, que dormían sobre el tapete del corredor, debido a la hora y agotamiento, fueron despertados por Mario Ramírez, subsecretario de la Asamblea, con la exclamación: “Levantense, ¡habemos Constitución!”.
El niño que firmó –violando la Constitución de antes y de ahora, y las leyes, porque los menores de edad no pueden firmar—fue identificado como Gustavo Orozco, de 12 años, hijo del relator de la Asamblea y quien tiene su mismo nombre.
No faltó quien propusiera hacer “vaca” para comprar licor, ya que el acto merecía celebrarse. Alguno de los presentes bajó a una licorera y se presentó con dos botellas de vino Tacama, algo de menos categoría de lo que había tomado el constituyente Yepes, pero cualquier cosa era digno del acto histórico. María Teresa Garcés pronunció unas cortas palabras en las que destacó la labor cumplida por los trabajadores trasnochadores,  al tiempo que les agradeció la colaboración para que finalmente el país tuviera una nueva Constitución. 
Núñez y Caro desde el más allá debieron ver cómo la humareda también se llevaba su obra cumbre, su centenaria Constitución. El texto de la nueva apareció publicada en la Gaceta Constitucional número 114 del 7 de Julio, fecha en que entró el vigencia, con la aclaración de que dicho texto correspondía al articulado esencialmente aprobado en  segundo debate por la Asamblea.
Debido a  los reclamos de algunos constituyentes que encontraron que artículos aprobados no aparecían en la codificación, el secretario general, con el auxilio de un equipo de trabajo, verificó que efectivamente se habían omitido algunos artículos en el computador del Departamento de Sistemas de la Presidencia de la República, por lo que en tres ocasiones hubo necesidad de hacer correcciones, adiciones y fe de erratas al texto originalmente publicado. Por ello se ordenó una segunda publicación de la Constitución  en la Gaceta Constitucional número 116 del 20 de Julio de 1991. Posteriormente hubo tras enmiendas más.
Teniendo en cuenta que las funciones del secretario de la Asamblea, como la de los Constituyentes, había concluido el 4 de Julio de 1991 a las doce de la noche, para curarse en salud, dejó la siguiente certificación:
“El suscrito, en su carácter de Secretario General de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 durante el período reglamentario, se permite certificar que habiendo examinado las fuentes documentales y grabaciones correspondientes a las sesiones plenarias de la Corporación, en atención a las observaciones que se han hecho por algunos constituyentes, el gobierno y entidades públicas, ha encontrado que en la Codificación Constitucional publicada en la Gaceta número 114 del 7 de Julio, se omitieron artículos, parágrafos o incisos y que, por haber sido aprobados definitivamente en segundo debate, deben formar parte de la mencionada codificación.

“Santafé de Bogotá, D.C., Julio 18 de 1991.

“Jacobo Pérez Escobar, secretario general

“Asamblea Nacional Constituyente (1991)”.
Pero hay una cosa más que no hizo la Asamblea. La Constitución de 1991, no tuvo proclamación. Si bien el reglamento decía que ella no es necesaria para que entrara a regir, debió hacerse. En efecto, el artículo 45 del reglamento, señalaba:
“Proclamación del texto final.- Aprobado el texto final de las reformas y su codificación, la Presidencia citará a una sesión especial en la cual dicho texto se proclamará, pero esta sesión no será indispensable para que entre en vigencia la reforma en la fecha que así se hubiere dispuesto para aprobarla.
“La sesión de proclamación y de clausura podrán ser una sola”.
El anterior Código de Régimen Político y Municipal decía en el artículo 52: “La ley no obliga sino en virtud de su promulgación y su observancia principia dos meses después de promulgada. La promulgación consiste en insertar la ley en el periódico oficial, y se entiende consumada en la fecha del número en que termine la inserción.
Pero proclamar es distinto de promulgar, a pesar de que proclamar es “hacer saber”, “publicar”, “declarar pública y solemnemente el principio del reinado de alguien”. Así las cosas, cuando los tres presidentes hablaron en coro en la ceremonia de la sanción prácticamente proclamaron la Constitución.
El 4 de Julio de 1991 cuando firmaron hojas en blanco, en la ceremonia de sanción de la Constitución, no había texto, y presuntamente la de 1886 había dejado de existir. Luego ¿qué nos regía? Se cumplía la hipótesis del profesor Ferdinand Lassalle:
“Supongamos que se produjera un gran incendio  y que en él quedasen reducidos a escombros todos los archivos del Estado, todas las bibliotecas públicas, que entre las llamas pereciese también la imprenta concesionaria de la colección legislativa, y que lo mismo, por una singular coincidencia, ocurriese en las demás ciudades de la monarquía, arrasando incluso las bibliotecas particulares en que figurase esa colección, de tal modo que en toda Prusia  no quedase ni una sola ley, ni un solo texto legislativo acreditado en forma autentica.
“Supongamos esto. Supongamos que el país, por este siniestro, quedase despojado de todas sus leyes y que no tuviese más remedio que darse otras nuevas”.
El profesor hace el análisis y concluye que los textos no se necesitan, que lo que rige un país son los factores reales de poder que son esa fuerza activa y eficaz que informa todas las leyes e instituciones jurídicas de la sociedad, haciendo que no puedan ser, en sustancia más que tal y como son.
“Lo que es en esencia la Constitución es la suma de factores reales de poder que rigen un país”, así lo define el profesor Lasalle.
Pero concluía: “Hemos visto la relación que guardan entre sí las dos Constituciones de un país, esa Constitución real y efectiva, formada por la suma de factores reales y efectivos que rigen en la sociedad, y esa otra Constitución escrita, a la que para distinguirla de la primera, daremos el nombre de hoja de papel”.  
Eso fue lo que pasó el 4 de Julio de 1991. No se necesitaba el texto de la Constitución porque nos gobernaban, y gobiernan, los factores reales de poder.

Foto: revistagaleria.unimagdalena.edu.co

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