Los culpables que no asumen la tragedia de Grecia

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La tragedia de Grecia
Escribe: Luis Fernando García Núñez
No hay culpables de la crisis en Grecia. Ni los hay en España, Portugal o Italia. Pero todos sabemos quiénes son. Lo sabemos incluso aquí, en esta lejanía. Y sabemos un poco más: quiénes son, por ejemplo, los verdaderos causantes del desplome universal. Los altos funcionarios del FMI deben estar al tanto de su participación en la criminal historia que ahora consume a buena parte de los europeos. Y el Banco Mundial, y Ángela Merkel, y Sarkozy, y la OMC. Y esa crisis se extenderá en poco tiempo como un reguero de pólvora, y nadie está preparado para enfrentarla, a pesar de que lo digan los economistas. El desplome es imparable porque el dinero, el contante y sonante, está en los lugares equivocados, en las cuentas bancarias de los que no deben tenerlo, en los paraísos fiscales que lo esconden, en los bolsillos de los usureros y los tramposos.
El efectivo de los griegos no está en Grecia, pero unos pocos saben dónde está, aunque no quieran decirlo. Lo saben los mismos que ahora aprueban los ajustes, los que bajan los sueldos, los que cobran los impuestos, los que se reúnen en los lujosos despachos del desperdicio y del crimen. Lo de Grecia es apenas uno de los crímenes que estos avarientos personajes quieren cometer. Pobre Grecia. La de la reina Sofía de España. La de Aristóteles Onassis, la de unos ricachones que viven, según ellos, en el exilio, y que seguro se aprestan a volver a su país para exprimirlo, para sacarle lo poco que le queda. Esos ricos, esos tránsfugas, no pagarán la deuda de Grecia. Todos lo sabemos y queda poco más por hacer: sacarle a los ciudadanos más de lo mucho que ya le han arrancado. Y esos poderosos nada pierden porque ellos no pagan, porque solo saben sacar la sangre de sus cautivos.
Pobre Grecia, o mejor, pobres griegos, los de carne y hueso: griegos y griegas. Unos cuantos deciden por ellos en los tribunales de Berlín o en las entrañas de Bruselas. Pero no habrá pan, el de todos los días, en muchos hogares griegos. Ni habrá trabajo, ni habrá paz, ni habrá justicia. No habrá nada. Los ricos no estarán en Atenas para ver la tristeza, ni tampoco estarán los días de las marchas y siempre creerán que el comunismo o unos terroristas son los culpables de todo. Unos terroristas que pueden ser musulmanes, o negros, o latinos. Esa es la tragedia de Grecia en blanco y negro. No habrá colores…
Esa tragedia de Grecia es la misma que se les avecina a los italianos, a los españoles, a los portugueses. Y la harán si les conviene. De lo contrario, prestarán mucho dinero para resolverla asediando a los trabajadores, a los estudiantes, a los pobres de la rica Europa, de la imperialista, la amiga de Estados Unidos, la siempre poderosa, la inmarcesible, la que ordena y ejecuta. Y en las reuniones de los poderosos estará siempre Ángela Merkel y sus boquiabiertos ensalzadores.
Pobre Grecia. La pobre, la que vive el día tras día con el trabajo de verdad. Es la Grecia que no decide ni trafica, y que aparece en los diarios para ser insultada por los dueños de la Grecia sacrificada y maldecida.
Y nosotros aquí, desde tan lejos, apenas percibiendo la tragedia, apenas oyéndola, casi como un eco lejano, lejanísimo. Sin entender nada porque no sabemos griego, o porque ni siquiera sabemos dónde está ese país. Sin saber que es la misma Grecia de Sócrates, de Platón, de Aristóteles. La misma de la Acrópolis, cuando eran otros tiempos y otros seres humanos los que la habitaban. Cuando sus fronteras no eran tan próximas a la nueva Alemania, a la nueva Francia. Aquí apenas creemos que el mundo se acaba en Nueva York o en París. El mundo de donde nos llegan los perfumes y los héroes de plástico. Esa Grecia, sin embargo, queda muy cerca de la China monstruosa, la nueva imagen del imperio, y de los billetes, y del consumo. Es la China que todo no lo vende. Quizás muy cerca, en Hong Kong, vivan los multimillonarios de estos tiempos, o por lo menos conozcan los bancos más poderosos del orbe. Allá está el dinero que le falta a Grecia y que muy pronto nos faltará a nosotros. Ojalá sea un poco más tarde, después de que nos muramos los que nos dimos cuenta de la tragedia.
gobierno-griegoPor: Luis Fernando García*. No hay culpables de la crisis en Grecia. Ni los hay en España, Portugal o Italia. Pero todos sabemos quiénes son. Lo sabemos incluso aquí, en esta lejanía.

Y sabemos un poco más: quiénes son, por ejemplo, los verdaderos causantes del desplome universal. Los altos funcionarios del FMI deben estar al tanto de su participación en la criminal historia que ahora consume a buena parte de los europeos. Y el Banco Mundial, y Ángela Merkel, y Sarkozy, y la OMC. Y esa crisis se extenderá en poco tiempo como un reguero de pólvora, y nadie está preparado para enfrentarla, a pesar de que lo digan los economistas. El desplome es imparable porque el dinero, el contante y sonante, está en los lugares equivocados, en las cuentas bancarias de los que no deben tenerlo, en los paraísos fiscales que lo esconden, en los bolsillos de los usureros y los tramposos.

El efectivo de los griegos no está en Grecia, pero unos pocos saben dónde está, aunque no quieran decirlo. Lo saben los mismos que ahora aprueban los ajustes, los que bajan los sueldos, los que cobran los impuestos, los que se reúnen en los lujosos despachos del desperdicio y del crimen. Lo de Grecia es apenas uno de los crímenes que estos avarientos personajes quieren cometer. Pobre Grecia. La de la reina Sofía de España. La de Aristóteles Onassis, la de unos ricachones que viven, según ellos, en el exilio, y que seguro se aprestan a volver a su país para exprimirlo, para sacarle lo poco que le queda. Esos ricos, esos tránsfugas, no pagarán la deuda de Grecia. Todos lo sabemos y queda poco más por hacer: sacarle a los ciudadanos más de lo mucho que ya le han arrancado. Y esos poderosos nada pierden porque ellos no pagan, porque solo saben sacar la sangre de sus cautivos.

Pobre Grecia, o mejor, pobres griegos, los de carne y hueso: griegos y griegas. Unos cuantos deciden por ellos en los tribunales de Berlín o en las entrañas de Bruselas. Pero no habrá pan, el de todos los días, en muchos hogares griegos. Ni habrá trabajo, ni habrá paz, ni habrá justicia. No habrá nada. Los ricos no estarán en Atenas para ver la tristeza, ni tampoco estarán los días de las marchas y siempre creerán que el comunismo o unos terroristas son los culpables de todo. Unos terroristas que pueden ser musulmanes, o negros, o latinos. Esa es la tragedia de Grecia en blanco y negro. No habrá colores…

Esa tragedia de Grecia es la misma que se les avecina a los italianos, a los españoles, a los portugueses. Y la harán si les conviene. De lo contrario, prestarán mucho dinero para resolverla asediando a los trabajadores, a los estudiantes, a los pobres de la rica Europa, de la imperialista, la amiga de Estados Unidos, la siempre poderosa, la inmarcesible, la que ordena y ejecuta. Y en las reuniones de los poderosos estará siempre Ángela Merkel y sus boquiabiertos ensalzadores.

Pobre Grecia. La pobre, la que vive el día tras día con el trabajo de verdad. Es la Grecia que no decide ni trafica, y que aparece en los diarios para ser insultada por los dueños de la Grecia sacrificada y maldecida.

Y nosotros aquí, desde tan lejos, apenas percibiendo la tragedia, apenas oyéndola, casi como un eco lejano, lejanísimo. Sin entender nada porque no sabemos griego, o porque ni siquiera sabemos dónde está ese país. Sin saber que es la misma Grecia de Sócrates, de Platón, de Aristóteles. La misma de la Acrópolis, cuando eran otros tiempos y otros seres humanos los que la habitaban. Cuando sus fronteras no eran tan próximas a la nueva Alemania, a la nueva Francia. Aquí apenas creemos que el mundo se acaba en Nueva York o en París. El mundo de donde nos llegan los perfumes y los héroes de plástico. Esa Grecia, sin embargo, queda muy cerca de la China monstruosa, la nueva imagen del imperio, y de los billetes, y del consumo. Es la China que todo no lo vende. Quizás muy cerca, en Hong Kong, vivan los multimillonarios de estos tiempos, o por lo menos conozcan los bancos más poderosos del orbe. Allá está el dinero que le falta a Grecia y que muy pronto nos faltará a nosotros. Ojalá sea un poco más tarde, después de que nos muramos los que nos dimos cuenta de la tragedia.

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*Luis Fernando García Núñez. Periodista, crítico, columnista y profesor de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá.
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