¡Qué paseo tan costoso!…La Cumbre de las Américas en Cartgena

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¡QUÉ PASEO TAN COSTOSO!
Luis Fernando García Núñez
Todos en Cartagena. Todos con sus cientos de acompañantes, hospedados en los mejores hoteles, con escoltas y viendo lo que no es, viendo una mentira, o mejor, varias mentiras. Como si estuvieran en el paraíso, cuando en realidad están en el infierno. Sí, ahí, a pocos metros, están lo más pobres del continente. ¡Qué no harían ellos con los millones de dólares que “toca” gastar en estas multitudinarias comitivas! Como las del elegante y humilde papa Benedicto XVI, como las del rey y los príncipes, como las de algunos figurones de la farándula universal. Y solo para recibir unas bendiciones, o para oír a unos jefes de Estado que no gobiernan en este mundo de dolores y de miserias, sino en oficinas ovales o en suntuosos palacetes. Y el mundo igualito o peor: los españoles robando a los argentinos, y los ingleses ¡también! Y los industriales imponiendo precios, productos y tratados y almorzando, comiendo, desayunando, bebiendo gratis, como siempre lo hacen.
Al final de la cumbre un documento de unas pocas páginas que no escriben ni leen los presidentes, ni los ministros de relaciones exteriores, ni los industriales, ni los vicepresidentes. Al final los abrazos o los desprecios. Todos se van y se preparan para la otra o las otras cumbres, o sus espléndidos viajes por el mundo de las fábricas, de los gerentes, de las empresas y de los castillos de aire, y los pobres de la pobre Cartagena a buscar qué comer, qué quedó del festín de estos poderosos y justos y democráticos monarcas. Y aquí los titulares de los medios y los minúsculos periodistas, consagrando esta cumbre como la más democrática, como la más importante, como la mejor, como la única que produjo resultados, y todos felices porque el rey se quedó dos días y pescó y paseó y bebió y ordenó. Todos felices: los ricos, los que viven en Miami, los que viven en apartamentos de cientos de metros cuadrados, los que beben, los que no se preocupan por el desayuno, ni por el almuerzo, ni por la cena, ni por la muerte, los que se divierten, los que son cuidados por miles de celadores, los que no tienen que pagar viajes, los que compran, los que venden, los que mandan. Los otros, nosotros, mientras tanto, vemos y oímos los noticieros, los miles de extras informativos, las declaraciones, las mentiras, los chismes y nos solazamos, nos reímos de sus formas adustas de vestir, de su lenguaje equilibrado y diplomático. Y mañana -ahora mismo-, los muy bien preparados grupos antimotines de todos los países de este democrático continente arremeterán en ordenadas filas, con gases lacrimógenos, contra los manifestantes que piden un poquito de justicia, un poquito de bienestar, un poquito de educación, un poquito de salud, un poquito de respeto por el medio ambiente. ¡Un poquito, solo un poquito, de comunismo! ¿Qué pensará el populoso alcalde de Cartagena? ¿Será ateo como Busch y Obama?
cartagenaPor: Luis F. García. Todos en Cartagena. Todos con sus cientos de acompañantes, hospedados en los mejores hoteles, con escoltas y viendo lo que no es, viendo una mentira, o mejor, varias mentiras.

Como si estuvieran en el paraíso, cuando en realidad están en el infierno. Sí, ahí, a pocos metros, están lo más pobres del continente. ¡Qué no harían ellos con los millones de dólares que “toca” gastar en estas multitudinarias comitivas! Como las del elegante y humilde papa Benedicto XVI, como las del rey y los príncipes, como las de algunos figurones de la farándula universal. Y solo para recibir unas bendiciones, o para oír a unos jefes de Estado que no gobiernan en este mundo de dolores y de miserias, sino en oficinas ovales o en suntuosos palacetes. Y el mundo igualito o peor: los españoles robando a los argentinos, y los ingleses ¡también! Y los industriales imponiendo precios, productos y tratados y almorzando, comiendo, desayunando, bebiendo gratis, como siempre lo hacen.

Al final de la cumbre un documento de unas pocas páginas que no escriben ni leen los presidentes, ni los ministros de relaciones exteriores, ni los industriales, ni los vicepresidentes. Al final los abrazos o los desprecios. Todos se van y se preparan para la otra o las otras cumbres, o sus espléndidos viajes por el mundo de las fábricas, de los gerentes, de las empresas y de los castillos de aire, y los pobres de la pobre Cartagena a buscar qué comer, qué quedó del festín de estos poderosos y justos y democráticos monarcas.

Y aquí los titulares de los medios y los minúsculos periodistas, consagrando esta cumbre como la más democrática, como la más importante, como la mejor, como la única que produjo resultados, y todos felices porque el rey se quedó dos días y pescó y paseó y bebió y ordenó. Todos felices: los ricos, los que viven en Miami, los que viven en apartamentos de cientos de metros cuadrados, los que beben, los que no se preocupan por el desayuno, ni por el almuerzo, ni por la cena, ni por la muerte, los que se divierten, los que son cuidados por miles de celadores, los que no tienen que pagar viajes, los que compran, los que venden, los que mandan.

Los otros, nosotros, mientras tanto, vemos y oímos los noticieros, los miles de extras informativos, las declaraciones, las mentiras, los chismes y nos solazamos, nos reímos de sus formas adustas de vestir, de su lenguaje equilibrado y diplomático. Y mañana -ahora mismo-, los muy bien preparados grupos antimotines de todos los países de este democrático continente arremeterán en ordenadas filas, con gases lacrimógenos, contra los manifestantes que piden un poquito de justicia, un poquito de bienestar, un poquito de educación, un poquito de salud, un poquito de respeto por el medio ambiente.

¡Un poquito, solo un poquito, de comunismo! ¿Qué pensará el populoso alcalde de Cartagena? ¿Será ateo como Busch y Obama?
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