A los ochenta y tres años de edad fallece el escritor Carlos Fuentes

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Obtuvo los premios Príncipe de Asturias y el Rómulo Gallegos, entre otros. Su literatura como su pensamiento ejerció una importante influencia en vida cultural de hispanoaméca.

Hijo de diplomático, pasó su infancia en diversos países, y ya en México, se licenció en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, estudiando después Economía en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. Ha sido delegado de México en numerosos organismos internacionales y desde 1972 a 1976 embajador de su país en Francia. Ha sido profesor en las universidades de Princeton y Columbia, y catedrático en las de Harvard y Cambridge.

Gran aficionado al cine, ha escrito varios guiones cinematográficos. Durante toda su vida, ha colaborado en periódicos y revistas de ambos lados del Atlántico. Entre otros honores, es Doctor Honoris Causa por numerosas universidades, miembro de la Legión de Honor, Medalla de Isabel la Católica, y ha recibido importantes premios como el Miguel de Cervantes en 1987 y el Príncipe de Asturias de las Letras en 1994.

Emitimos un fragmento del discurso que ofreció en la entrega de los premios Ortega y Gasset

«Ejercer el periodismo es ejercer la libertad social»

Carlos Fuentes
El País. España, mayo del 2003.
Ortega y Gasset fue maestro de mi generación latinoamericana y mexicana, de las dos anteriores a nosotros y de las dos que nos han seguido. Semejante continuidad de la enseñanza orteguiana se debe a muchos factores. En primer término, la claridad de las ideas y la felicidad de la frase. Y algo más: la capacidad coloquial de Ortega para mantenerse en contacto con el público, sin disminuir en un ápice la profundidad de un pensamiento que anhelaba convertir la mera necesidad en cultura.
¿Cómo? Para Ortega, se trataba de hacer partícipe de la cultura a todo un público y hacerle entender que la actualidad -el periodismo- es expresión del presente, pero necesariamente contiene 1a memoria del pasado y la proyección del porvenir.
Denunció Ortega la perversidad -lo cito- de “toda ética que ordene la reclusión permanente de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones”. De allí su extraordinario esfuerzo por definir a España con medidas más allá de las fronteras peninsulares. Y no se trataba de renunciar a las raíces. Todo lo contrario. Ortega quería llevar la periferia al centro y hacer centrales todas las periferias.
No hicieron otra cosa, contemporáneamente a Ortega, Alfonso Reyes en México (“Seamos generosamente universales a fin de ser provechosamente nacionales”) o Gilberto Freyre en Brasil (“Presentémosle su pasado a nuestro pueblo a fin de otorgarle su valor universal”).
Todos estos escritores tomaron la totalidad de la cultura y la hicieron suya, es decir, nuestra.
Lo hicieron mediante la palabra. Y en este punto debo añadir, a la distinción de hablaros hoy desde este sitio, la honra de suceder en tan grata obligación a un filósofo tan inmenso como Emilio Lledó.
La devoción apasionada de Lledó a la palabra queda demostrada en su relación verdaderamente amorosa con el verbo de Miguel de Cervantes y San Juan de la Cruz. Para Lledó, el compromiso del lenguaje -lo cito- “no es más que el deseo y la práctica de que el lenguaje que somos, la voz que emitimos, las ideas en las que nos apoyamos… pueden identificarse… con lo que hacemos”.
Si etimológicamente la palabra “historiador” significa el testigo, el que ve lo que pasó, ¿no conviene soberanamente esta raíz del nombre a quienes hoy, más que nadie, ven, atestiguan y relatan: los periodistas?
Ejercer el periodismo es una forma de ejercer la libertad social: el periodista es factor indispensable para que los hombres y las mujeres, bien informados, actúen política, social y personalmente para mejorar su entorno.
Los despotismos políticos, en cambio, despojan a las personas de esa libertad de acción y del doble derecho a informar y ser informados, mediante la destrucción, si ello es necesario, del entorno mismo de la vida.
Éste es el terrible dilema que hoy confrontamos todos, como escritores, como periodistas, como ciudadanos, como personas: cómo defender esa parte esencial de la libertad que es no sólo la libertad de información, sino el derecho a la información.
Enlaces de Interés:

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta), máximo rector de la cultura en México, lamentó la muerte de Fuentes y publicó una extensa biografía del escritor.

Carlos Fuentes fue uno los escritores mexicanos más prolíficos y reconocidos en el mundo. Su carrera literaria le llevó a recibir múltiples honores entre los que se encuentran el Premio Cervantes, otorgado sólo a tres mexicanos más (Octavio Paz, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco) y el Premio Príncipe de Asturias.

Apenas el 14 de mayo la Universidad de las Islas Baleares de España lo reconoció con un Doctorado Honoris Causa debido a su extensa obra literaria.

Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928. El autor en algún momento se refirió sobre su labor literaria: “la primera responsabilidad de un escritor es con la imaginación y la palabra”.

Novelista, ensayista, cuentista, dramaturgo, sociólogo y diplomático mexicano, Carlos Fuentes nació en Panamá debido a que su padre se desempeñó como diplomático, durante su infancia vivió en ciudades como Montevideo, Río de Janeiro, Washington, D.C, Santiago de Chile, Quito y Buenos Aires, ciudad a la que su padre llegó en 1934 como consejero de la embajada de México.

Carlos Fuentes pasaba los veranos en la Ciudad de México, estudiando en escuelas para no perder el idioma y para aprender la historia de su país. A los 16 años estudió en el Centro Universitario México. Posteriormente colaboró en la revista Hoy. Se graduó en Leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México y en Economía en el Instituto Altos Estudios Internacionales de Ginebra.

En 1975 fue nombrado embajador de México en Francia y durante su gestión, abrió las puertas de la embajada a los refugiados políticos latinoamericanos y a la resistencia española. Fue delegado en la Conferencia sobre Ciencia y Desarrollo en Dubrovnik, Yugoslavia. En 1977 renunció al puesto de embajador en protesta por el nombramiento del ex presidente Díaz Ordaz como primer embajador de México en España, después de la muerte de Franco.

El cine era una de las pasiones de Carlos Fuentes. Escribió guiones para varias películas, como Las dos Elenas, cortometraje basado en su cuento homónimo y dirigido en 1964 por José Luis Ibáñez (director de otra cinta, Las dos cautivas, también tomada de una historia de Fuentes). Junto con Gabriel García Márquez trabajó en el texto El gallo de oro (1964), Un alma pura (1965); Tiempo de morir (1966); Pedro Páramo (1967, en colaboración con Manuel Barbachano Ponce adaptando la novela de Juan Rulfo, y con Carlos Velo como director).

También fue filmada su novela La cabeza de la hidra en 1981 por el director mexicano Paul Leduc, con el título de Complot Petróleo: La cabeza de la hidra y guión de Fuentes. El argentino Luis Puenzo realizó en 1989 Gringo viejo. Para televisión, Fuentes grabó la serie El espejo enterrado, que se comenzó a difundir en 1992 y sobre cuya base publica el libro homónimo.

Algunos de los libros del reconocido escritor mexicano son Cantar de ciegos (1964); Cambio de piel (1967); Cumpleaños (1969); Terra Nostra (1975); La cabeza de la hidra (1978); Gringo Viejo (1985); Cristóbal Nonato (1987); La Campaña (1990); La Frontera de Cristal. Una novela en nueve cuentos (1995); Instinto de Inez (2001); La Silla del Águila (2003); Todas las familias felices (2006); La voluntad y la fortuna (2008); Adán en Edén (2009).

El Fondo de Cultura Económica reunió su obra completa en los tomos: Obras reunidas I. Fundaciones mexicanas. La muerte de Artemio Cruz. Los años con Laura Díaz; Obras reunidas II. Capital mexicana. La región más transparente. Agua quemada y Obras reunidas III. Imaginaciones mexicanas. Con este mismo sello se encuentran también El espejo enterrado (1992); Geografía de la novela (1993) y Tres discursos para dos aldeas (1993).

La Dirección General de Publicaciones del Conaculta publicó en 1999, en coedición con Planeta y dentro de la serie Narrativa Mexicana Actual, un libro sobre los temas que preocupan a México, las reservas petroleras: La cabeza de la hidra. En el año 2002, con la misma editorial y también con Joaquín Mortíz, el Conaculta coeditó: Los hijos del conquistador, que se encuentra en la serie Ronda de Clásicos Mexicanos.

Para teatro escribió Todos los gatos son pardos, 1970; El tuerto es rey, 1970; Los reinos originarios, 1971; Orquídeas a la luz de la luna, 1982 y Ceremonias del alba, 1991. El libreto para la ópera: Santa Anna, sobre el político y militar mexicano Antonio López de Santa Anna, del compositor cubano José María Vitier.

Entre los numerosos premios que recibió se encuentran el Internacional Alfonso Reyes, 1979; Rómulo Gallegos, 1977; Premio Cervantes, en 1987; el Príncipe de Asturias en 1994. En 2009 le fue otorgada la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001. Además obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes, 2009. En 2011 obtuvo el Premio Fomentour de las Letras en reconocimiento a toda su obra; y en octubre del año pasado recibió el doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Michel de Montaigne Burdeos 3.

En 2008, el Conaculta organizó el Homenaje Nacional Carlos Fuentes 80, en el que se reunieron 150 personalidades relevantes de la cultura, la academia y la política de México y varias naciones del mundo.

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