¿Y usted cuantos idiomas habla?, crónica de una viajera colombiana

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piedadEuropa fue el primer destino  que me recibió  y con él  un carrusel de lenguajes   listos   a atacarme al ver mi escasez  de vocablos  distintos al español. 

Por: Piedad Granados, desde Italia

Hace algún tiempo las  puertas de mi Colombia se abrieron de par en par dándome  la salida  a conocer el mundo.  Europa fue el primer destino  que me recibió  y con él  un carrusel de lenguajes   listos   a atacarme al ver la escasez  de vocablos  distintos al español  que yo me atrevía a pronunciar.  Yo iba simplemente  como turista  femenina  y solo me interesaban cosas  particulares,  así que me dediqué  a tomar miles de fotos  de  todos esos lugares maravillosos  que  se dibujaban a mi paso,  a ver cómo se  vestían  hombres y mujeres  europeos, a saborear  platos distintos a los  que mi paladar conocía  y a guardar en mi memoria  un saco de anécdotas  listas  para ser contadas a mi regreso.   Pero aprender a hablar otro idioma?  Pensé que era necesario  pero guardé la intención en  una carpeta de pendientes  que  tengo en mi cabeza, y  que usualmente  se queda  sin revisar. 

Mis oídos  estaban totalmente cerrados a traducir   cualquier palabra distinta a las que he pronunciado  por  cuatro décadas.  Era mejor  tener un traductor  y  cuestionarlo  cada vez que entraba a un restaurante,  cuando  tomaba  un tren   o simplemente  cuando  veía las vitrinas  que exhibían listados   de precios  describiendo cada detalle. Para qué aprender  si alguien  me traducía mientras yo retornaba  de nuevo a mi patria y a mi lenguaje. 

Tiempo después encontré  que en la linea de mi destino estaba escrito que ya no viviría más en Colombia.  El país de la pizza  y la cuna de Leonardo Da Vinci  sería mi nuevo hogar, luego de unas  cortas estaciones  en Inglaterra y Francia.   Ahí fue cuando  se encendió el bombillo de  alarma  de ese lado del cerebro encargado de aprender  otras lenguas.  Estaba vacío,  nunca  guardé archivos.  Las palabras  que  iban llegando  así mismo se iban  a la cesta  del olvido. 

Con esa ignorancia  infinita  de  vocablos  distintos al español  aterricé  en Londres a principios del 2012. Alcancé  a estudiar  algo de  italiano en un curso virtual que me encontré  y  unas cuantas frases, aun sin sentido, rondaban  por mi cabeza.  El problema  es que  el que me esperaba era el inglés y a ese pequeño gran enemigo  lo había  evadido  desde siempre.  Las  miles  de llamadas  y ofertas  que  recibía invitándome  a  entrar  en el mundo  del “good morning”  siempre fueron rechazadas.  Era mejor esperar. Esperar que? A encontrarme con la  mente en blanco  cada  vez que me preguntaban algo? Así fue.

Al principio volví a sentirme  como turista,  esa misma   que  va de visita  pero luego de  experimentar  mundos nuevos por un tiempo corto, retorna a casa.   Sin embargo  cuando ya puse los pies sobre la tierra me dí cuenta  que  no había marcha atrás  y que ahora mi vida estaba  en Europa , sentí un enorme miedo  de enfrentarme  a  ese mundo  que parecía un animal feroz enseñándome sus garras.

Mis  primeras salidas  sola  eran al supermercado  y aprendí que  siempre  me preguntaban si tenía tarjeta de puntos  o que   si necesitaba  una bolsa para  cargar las compras. Eran las frases que siempre repetían y   yo solo decia “yes o no”  , pero con la cabeza, mis sonidos eran casi que mentales.  Andaba  por la ciudad, hablando conmigo misma y en español.  Afortunadamente  en las tiendas de ropa, en los grandes supermercados y en general en todo el comercio    poco se acercan a ofrecer sus productos a los clientes, allá cada quien  escoge, se mide, y si le gusta  va a la caja  y paga. Una simple sonrisa y un “thank you”  cierran  el capítulo.    Por fuerza debí empezar a agudizar el sentido del oído con un alto grado de dificultad, pero ya la verguenza  de decir  palabras  que me sonaban extrañas   se empezó a pasar. Yo pronunciaba  en spanglish muchos  términos  y hasta en español con señas  me hacía entender, lo que no me hacía sentir orgullosa,  pero por lo menos estaba saliendo de mi caparazón.

Al finalizar los  cuatro meses que viví en Inglaterra  mi cabeza estaba agotada,   cuando debía alistar maletas  para la siguiente estación: Francia.  

Fue como volver a empezar. El hombre que nos vendió los  tiquetes para el tren  nos atendió muy gentilmente, en francés. El panorama se tornaba oscuro nuevamente. Será que allá también preguntaban por la tarjeta de puntos y las bolsas??  Efectivamente. Otra vez  mis  constantes rutinas domésticas  eran al supermercado y a las tiendas de ropa  o de accesorios donde nadie me preguntara nada.  Lo que sí  tuve en cuenta desde el principio, fue decir en cada lengua: Yo hablo español.   De ninguna manera podía  declarar con mis propias palabras que no hablaba otra lengua, simplemente estaba en un período de aprendizaje. En ese momento ya era fortuna encontrar  por ejemplo  el menú de los  restaurantes  en francés  y en inglés.  Los términos  ya me eran familiares  y   empezaba a almacenar  vocablos  nuevos cada día.

Así estuve la mitad del año   tratando de repasar  italiano en  Inglaterra y Francia, de entender  el lenguaje  enredado de los franceses  y sorprendida   porque la pronunciación de las pocas palabras que yo creía saber en inglés, no era ni parecida a la que  había aprendido por allá  en mis épocas de colegio.  Eso sí   leía,  cual niño pequeño,  cada aviso,  cada  trazo, cualquier  cosa  escrita o graficada  era importante para mí.  Sin embargo tenía el disco duro de mi memoria tan lleno de información que  cuando  creía  que podía  responder a alguna  pregunta, mi mente quedaba en blanco.  Decenas de palabras se me atravesaban en todas las lenguas  que tenía registradas,  que al final no me salía nada.   O sí,  a veces  se me salían las lágrimas al sentirme como una monja en clausura.

En estos países europeos encontré un mundo de cosas bellas , pero obviamente  todo lo podría haber visto con otros ojos  si hubiera podido entender cada sonido. Sin embargo, como mis historias siempre tienen final feliz, hoy estoy en Italia, por fin  con mis  ideas en orden, escuchando radio, televisión y hasta canciones en italiano.  Así que esas  pocas lecciones que aprendí  ya las entendí y  ya sé cómo se mezclan esas  letras  que  aunque  son las mismas de mi lengua castellana, aveces  suenan  tan distinto.  En conclusión  hay que darle tiempo al tiempo,  y aprender  poco a poco, o “piano piano”, como me dicen aquí.  Sin embargo,  lo de los otros idiomas está en la bandeja de prioridades,  porque  el próximo año tengo otro saco de viajes por realizar  y no voy a pasar por las mismas. No señores.

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