Columna de opinión: Entre rezar y legislar…autoridad moral

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congreso_pqCasi nada está en juego. Infortunadamente algunos de los fundamentalistas que hoy hacen la noticia no tienen la autoridad moral para hacerlo, pero lo hacen.

Por: Luis Fernando García Núñez / Bogotá.

Disponen o juegan con todos a su acomodo y pasan de agache, y con su obstinada elocuencia de apóstoles marcan con fuego su misión.

Tienen las armas más poderosas para hacer su papel de cruzados, de legítimos conservadores de la vida, de la honestidad, de la razón, de la libertad. Y tienen el poder -y en justicia el deber- de condenar, y lo han hecho con tantas personas, que han convertido algunos organismos del Estado en tronos de la infamia, de la intolerancia, de la vergüenza.

Cada una de sus decisiones se constituye en una pérfida jugada entre la moral y la ley. Entre rezar y legislar. Entre aparecer como convencidos portaestandartes de la justicia, de la dignidad y revolver en las hogueras de la falacia cuando les conviene. Rezan y legislan con un cinismo que aterra. Se dirigen a Dios y a sus santos con oraciones de contenido religioso y las juntan con las leyes con el desparpajo y el impudor de los dictadores fascistas del siglo XX.

Y luego, como clérigos atormentados, recitan su oficio divino en todas partes, en una especie de oración o misa que es de su obligación y conocimiento, aunque en verdad gruñen o refunfuñan como auténticos misioneros, dispuestos a convertir a los miles de torcidos e indignos seres humanos que están por ahí, sin educación, sin credo, sin convicciones religiosas. Y más si esos descreídos son mujeres o maricas.

Y al mismo tiempo legislan, pues establecen, dan y hacen las leyes. Ellos las interpretan, las convierten en un credo, en una tabla de la nueva ley, la que ellos han absorbido por intermedio del Espíritu Santo. Una especie de unión entre lo terreno y lo celeste, como eso que la magia negra descubre en unos rituales dramáticos, excedidos, mesiánicos. Una verdadera apostasía, una quema de libros como en la criminal y tantas veces condenada inquisición.

Y luego la hipocresía de sus actos. Las renuncias a sus lucrativos cargos, a su prestigio de sanadores y de directores de todas las vidas, regentes de la conducta y la rectitud. Pero rezan y pecan al tiempo. Se callan y perdonan a sus dadores de votos y puestos, y se rasgan las vestiduras en público, y siguen condenando y archivando lo que les merece su atención. Un problema de sentidos, de inteligencia, de simple y llana tolerancia. Al mismo tiempo, le prenden una lámpara a Dios y otra al Diablo, para recurrir presurosos a tomar lo que el Señor les ha dicho que nunca deben tomar de los otros: la dignidad.

Luis Fernando García Núñez: [email protected]

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