«Accidentes Pasajeros», segundo puesto del Concurso de Cuento «Bogotanadas»

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bogotanadas creditoEran las 10:23 a.m. cuando Melina se despertó para llorar. La mujer no había dormido bien la noche anterior cuando más trabajo se le presentó en su jornada. 

Su llanto, que parece enredarse entre gestos inútiles, es porque no soporta llevar la vida que lleva. A sus 30 años, seducir a los hombres que no necesitan de esas artimañas se vuelve humillante con el pasar del tiempo. Ella llora, los nudillos de sus dedos refrigeran sus ojos. Son puñales que se entierran con desespero y dolor.

A las 10:25 a.m. se pregunta cómo llegó a ser una puta en esta fría ciudad capital, en este lugar de cachacos. Cómo llegó a estar entre sábanas curtidas de sudor, del placer de uno solo. Cómo llegó a estar entre calles oscuras, postes de luz y brazos de hombres que no desea. En lo íntimo de su ser reconoce el gusto que tuvo por lo que prometía ser una vida fácil, pero esa sentencia de «fácil» con los años se volvió contradicción. Melina no se explica cómo es que traman los azares de la vida y se pregunta si fue una casualidad, un evento de mala suerte o un mundo con elecciones que maniquea. Con dificultad se cuestiona sobre cuál fue ese punto decisivo en que perdió el rumbo y se extravió como mercancía del amor en los andenes desolados.

Ya eran las 10:27 a.m. cuando Melina dejo de llorar y dejo de preguntarse estupideces. Era hora de levantarse a confirmar las citas de este viernes en la noche.

II

Estaba hermosa aquella tarde. Aquel viernes se sentía la diva del barrio, con falda corta, blusa escotada, medias de malla y zapatos de tacón. Melina avanzó lentamente hacia el fuelle central del transmilenio que estaba más desocupado, comparado con el espacio junto a las puertas automáticas. De pronto una fuerza sutil le impidió seguir, cuando miró se percató de que el cierre de un viejo morral se había entrelazado en los hilos cruzados de sus medias y justo en la entrepierna, muy cerca de sus zonas íntimas estaba atascado. Quiso halar pero titubeo porque sabía que el desastre podría ser peor. Luego apareció él.

Él era el dueño del morral y sin preguntarle siquiera, en el ajetreo del bus en movimiento, metió su mano muy cerca del sexo de Melina y con fuerza, pero sin lastimarla, el cierre salió con una facilidad insuperable.

En pocos segundos Melina pensó en dos cosas, los nudillos de este tipo le habían magullado la blanda piel y sus manos calientes se habían deslizado por entre sus piernas con sensual delicia, le había salvado sus medias con las que de otro modo hubiera sido un desacierto trabajar tan mal toda la noche, pero de otra parte la había tocado sin permiso. Otra vez dejó de pensar estupideces. Qué más da le había gustado.

Él la miró fijo y le dijo: –disculpe mi torpeza pero es que ya sabe cómo es esto. Nos tratan como animales –Ella se quedó perpleja por su voz, por su acento más bogotanizado que el de sus clientes borrachos y respondió: –Menos mal no me dañó las medias porque sino le hubiera tocado pagármelas. Es que son nuevas. –En esta ciudad uno se vuelve experto en todo, señorita. Incluso cuando se trata de salvar medias veladas, aseguro él.

Los dos sonrieron al tiempo. En la incomodidad de unos y otros sus cuerpos quedaron bien pegaditos. No hablaron más, ni se miraron. Avanzaba el Transmilenio por la Avenida Caracas, ella se bajó en la estación de las flores y se olvidó de él. Él también se olvidó de él mismo, de su trabajo como mensajero y se bajó en ese lugar que queda a 25 cuadras de su verdadero lugar de destino. Se hizo el pendejo, hay que reconocerlo. Muy serio, muy apurado por llegar a tiempo, salió de la estación y de reojo, sin penderla un segundo de vista, caminó rápido hasta el semáforo que estaba en rojo.

Finalmente él estaba allí como esperándola, como fabricando una casualidad, ella levantó la cara y lo vio ahí concentrado mirando las líneas blancas y desgastadas de la cebra, se acercó tanto como para que aquel tipo con manos tan calientes se percatara de la coincidencia. Él actuó con una mueca de asombro cuando la vio dispuesta a pasar la calle. –Mire el destino nos une, le aseguró. – ¿usted cree?, lo cuestionó ella.

III

Cruzaron la calle, mirándose con pena. Ella caminaba junto a él pero no quería que la viera entrar a esa casa verde con amarillo en la que se golpean hombres y de vez en cuando salen y entran mujeres. No quería. –Y usted… ¿trabaja por aquí? –le preguntó el hombre. –No, vengo a visitar a mi tía –ella mintió.

En buena parte era cierta su mentira, su tía la gran puta la había hecho recorrer estas mismas calles de madrugada desde los 17 años y después de tanto tiempo había terminado como prostituta y la sobrina preferida. Caminaban despacio, como no queriendo quebrar el momento y ella preguntó – ¿Y usted cómo se llama? –soy Patricio. ¿Y su nombre es…?

Melina pensó en darle su nombre artístico, shantal. Que de hecho le gustaba más que el propio, pero optó por darle el verdadero y dijo. –Melina Perdomo pero… ¿hacia dónde va usted? –Yo volteo por acá. Señalo la calle medio vacía, Patricio sonrió y dijo. –Ya se acabó eso del destino porque yo voy por esta otra calle a llevar unos papeles, pero me alegró conocerla, espero verla pronto. En un papelito le escribió el número celular y se lo entregó, y remató diciendo. –Por si llegué a dañarle las medias. ¡Me avisa!

Cada uno caminó por su calle, ella con su sonrisa atorada entre las comisuras de la boca llegó hasta la casa de citas, se detuvo por un segundo antes de golpear la puerta y miro hacia atrás. Patricio ya no estaba. En ese momento Melina pensó en lo infortunado de ese accidente entre pasajeros, pensó como si fuera una señal del titubeo que había tenido esta mañana en el que ya no quería ser más una puta fácil y barata.

Nunca más volvió a trabajar ni de noche, ni en la calles. Se fue a las cabinas telefónicas de la esquina y cuando pidió una llamada a celular, se dio cuenta de que el tal Patricio estaba allí comprando un cigarrillo. Cuando se vieron sonrieron de nuevo. Esa larga taza de café que se tomaron aquel primer día, la misma que Patricio pagó con un billete arrugado, se prolongaría para todas las mañanas de sus vidas juntos.

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