Increíble la llegada del hombre a la Luna: Edilma Galván

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Hombre en_la_lunaPor: Jorge Consuegra (Libros y Letras) Edilma Galván, una de esas pocas colombianas que llega a los 100 años de edad con una memoria prodigiosa y vitalidad evidente.

– ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tiene de su infancia?

– Yo siempre fui campesina y los años de mi infancia fueron en el campo en donde se vivía muy tranquilamente, sin tropiezos, vivíamos alejados de la vida y del mundo. Recuerdo que a mis cuatro o cinco años sólo pensábamos en estar bien en el campo, las frutas, los cultivos, las vacas…

– ¿En que pueblo pasó sus años infantiles?

– En Paquilo, un pueblito desaparecido de Cundinamarca, un pueblito perdido casi de los mapas del país, pero ahí está…cerca de Beltrán, frente a Ambalema, en medio de un calor impresionante.

– ¿Recuerda algo de la Primera Guerra Mundial?

– Casi no, pues yo estaba en mis primeros años de la vida. Sí recuerdo que la gente decía que se mataban, que era terrible lo que pasaba, pero a mis cuatro o cinco años, por allá en 1914 casi no me acuerdo de lo que pasaba al otro lado del mundo.

– ¿Qué recuerda de la Guerra contra Perú?

– Nada, porque cuando supe de eso, aunque tenía como dieciocho años, todo era como fragmentario como de a pocos, las noticias llegaban de vez en cuando. Ya después sí supe que nos habíamos «agarrado» con los peruano pero que no había habido cosas terribles con como en la Primera Guerra.

– ¿Cómo fueron sus años de adolescencia?

– Recuerdo especialmente cuando iba a la escuela. Yo me gozaba los días que tenía que ir a recibir clases de religión, historia, geografía, biología y hasta la misma costura y estética; fueron años maravillosos, de muchos amigos, de música, porque a la gente le gusta mucho oír música cada vez que se podía y nos gozábamos oyendo música cuando llegaron las primeras radiolas.

– ¿Con qué dinero se podía vivir en los años 30?

– Con centavos. La gente tenía muchos centavos y con ellos se podían comprar muchas, muchísimas cosas. Algunos les decían a los centavos «chivos», entonces con «chivos» comprábamos pan, leche, caramelos, de todo; con pocos centavos se podían comprar muchas cosas.

– ¿Qué puede recordar de la Segunda Guerra Mundial?

– Yo ya estaba llegando como a los treinta años y llegaban las noticias de que había muchos muertos y bombas y desastre, pero es que todo llegaban muy tarde y a veces oíamos en la radio esas noticias. Como había pocos radio, entonces no siempre nos enterábamos de lo que sucedía por allá en esos países, sino hasta muchos días después, pero sí sabíamos de muertos y bombas y estallidos.

– ¿Usted dónde estaba cuando el asesinato de Gaitán?

– Yo estaba en Paquilo. Fue horrible porque todo el mundo se alborotó cuando se supo que habían matado a un hombre tan importante como Gaitán; hubo mucha angustia y aunque mi pueblo era lejano, hasta allá llegaron las noticias de su asesinato. Supe de gente a la que le tocó esconderse porque los perseguían, unos por liberales y otros por conservadores. Eso no fue bueno para el país.

– ¿Cómo fueron sus años juveniles?

– Muy felices. Allá, en Paquilo, conocí al que más tarde fue mi esposo y nos fuimos a vivir frente a la casa de mis papás. Mi papá tenía reses y nosotros vendíamos carne en la fama; fueron tiempos maravillosos, tranquilos, llenos de vida y alegría a pesar de las cosas que políticamente vivía el país.

– ¿El matrimonio con su marido fue amor a primera vista?

– Sí. Además de la fama que atendía el que más tarde fue mi marido, él vendía mercancía en los pueblos vecinos; era muy, muy disciplinado, cumplidor del deber y dedicado al trabajo. Cuando nos conocimos, fue amor a primera vista y sin pensarlo dos veces, él decidió hablar con mi papá quien lo aceptó en forma inmediata.

– ¿Los años de la Violencia fueron realmente amargos en su vida?

– Fueron terribles porque nos toco abandonar el pueblo rápidamente porque nos decían que nos iban a matar. Había un bandolero conocido como «Agustín»; era terriblemente malo, despiadado y a quien, además, le decían «El Diablo». Una noche nos tocó salir escondidos y nos pudimos llevar apenas un par de cositas en cajas de cartón. A los hijos mayores los mandamos para Ibagué a donde unas tías para salvarlos de la Violencia y gracias a eso, pudieron sobrevivir. Estuvimos escondidos en la hacienda «Guacharacas», a orillas del río Magdalena y ya luego, cuando todo empezó a tranquilizarse, nos fuimos todos para Ibagué.

– ¿Cuáles fueron los años dorados en su vida?

– Cuando llegaron los ocho hijos. Fueron años realmente maravillosos, pues a pesar de la Violencia, la llegada de los hijos fue algo extraordinario pues ya éramos una familia, una gran familia llena de amor.

– ¿Qué pensó cuando el hombre llego a la Luna?

– Yo pensé que había sido una mentira. ¿Cómo podía llegar el hombre hasta allá? Era imposible, pero así fue. Yo no lo podía creer, porque veía la Luna muy lejos, era una Luna extraña, fascinante, lejana. Solo oíamos hablar de ella en las canciones, en los poemas de los que se reunían en los parques a leer sus versos y saber que los hombres habían llegado allá, era algo para no creer.

– ¿Cuál ha sido la peor angustia que usted ha sentido en su vida?

– Cuando mi marido murió en un accidente de tránsito. No lo podía creer cuando me dijeron que había acabado de morir. Me sentí sola, desamparada con tantos hijos, pero gracias a Dios y a mi única hija mujer Angélica, salí adelante. Fueron días muy, pero muy angustiosos.

– ¿Y cuál ha sido su mayor alegría? ¿Su mayor dicha?

– Haber vivido cien años al lado de mis hijos. Gracias a Dios ninguno ha muerto y se mantienen unidos, siempre a mi alrededor.

– ¿Todo tiempo pasado fue mejor?

– Yo sí creo. Antes no había tanto problema político y podíamos vivir con más tranquilidad, con más paz. No se oían problemas de droga, ni violencia diaria como ahora. La gente era más confiada y servicial. Todos nos ayudábamos unos con otros, nos apoyábamos en todo. Los vecinos se hablaban y compartidas las duras y las maduras con todos. Ahora todo es como extraño, cada uno por su lado. Afortunadamente sigo contando con el apoyo de mis hijos en mis largos cien años.

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