Lo que antes de la pandemia no sabía de mis vecinos

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Por: Caredca

Antes de vivir el confinamiento prolongado mi rutina comenzaba a las 5:30 de la mañana. Salía de casa antes de las 6:30 y regresaba 12 horas después, lo mismo ocurría de lunes a viernes. No me importaban o no me enteraba de las costumbres de mis vecinos. Desde el 21 de marzo de 2020 mi vida y la de mi familia se modificó y conocimos algunos detalles de quienes viven al rededor.

Nuestro apartamento está ubicado en medio de cuatro familias. Tenemos vecinos al oriente, sur, arriba y abajo. Con el paso de los meses he percibido que cada uno de estos grupos tiene características que me motivan a especular sobre sus perfiles.

Los vecinos del apartamento oriental está integrados por mamá, papá y un niño nacido a comienzos del año pasado. Escuchan el programa matutino de radio “La hora de la verdad”, dirigido por el político “uribista” Fernando Londoño. Desde hace unos meses tienen un cachorro canino, seguramente para mejorar el ambiente familiar.

El papá tiene entre 35 y 40 años, la mamá entre 30 y 35. En el mismo conjunto, pero en otra torre, viven los abuelos del infante, quienes continuamente vienen a visitarlo. Les gusta la comida tradicional andina. En varias oportunidades se siente el olor a sopas como el ajiaco, el mute y el caldo de papa con carne. Son amantes del futbol, aunque no he podido identificar el equipo que siguen con ahínco y pasión.

En el apartamento sur vive una familia integrada por los dos padres y una pareja de hijos preadolescentes. Les encanta poner música bailable como merengue, vallenato y salsa. Los ritmos actuales conocidos como urbanos no son de sus preferidos. La mamá siempre es muy amable cuando me la encuentro en los pasillos, escaleras y ascensor. Tienen la sana costumbre de dejar los zapatos en la entrada para prevenir el ingreso de bacterias a su casa.

En el apartamento de arriba vive una pareja  del piso de arriba, al parecer. Rondan los 50 años. Por el sonido del traqueteo presumo que tienen muebles muy pesados. Se escucha con intensidad el deslizamiento de poltronas y sofás. Hasta hace poco se escuchaba el clock clock de los tacones femeninos al llegar a casa después de las 10 de la noche.

Los vecinos de arriba tienen la costumbre, sin importar la hora, de dejar caer la tapa del inodoro causando un golpe seco y medianamente agudo. Continuamente trabajan con herramientas eléctricas como sierras y taladros. El hombre tiene la costumbre de orinar dejando caer el chorro en el pozo de agua que está en lo profundo de la taza sanitaria. Su última visita al baño es después de las 11:00 de todas las noches, cuando el silencio hace que esta acción se escuche con mayor claridad y volumen.

Finalmente, los vecinos de abajo son muy silenciosos. A veces ponen música romántica como boleros y baladas de los 80. Los únicos ruidos que me confirman su presencia son los golpes por el cierre violento de puertas y ventanas. Cuando me los encuentro en los lugares comunes bajan la cabeza o alejan la mirada.

Al perfilar subjetivamente a mis vecinos pienso en el comportamiento que tenemos dentro de nuestro apartamento. Ahora cuando lavamos los trastos de la cocina, usamos la licuadora, ponemos música un tercio de la capacidad total del volumen, abrimos o cerramos las puertas del armario o cuando accionamos el desagüe del inodoro; siento que invado o altero su cotidianidad.

Nuestros hábitos caseros han cambiado, ¿será que ahora pensamos en no alterar la cotidianidad de quienes nos rodean y quieren, tener en sus hogares, momentos de tranquilidad y concentración?.

Foto: www.periodismosinafan.com

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