El complejo arte de escribir la primera novela

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27 de mayo de 2022

Por: Jefferson Echeverría

Entre las verdades más bellas que tiene la literatura hay una que, sin duda, aplica perfectamente para todos los escritores del mundo: nadie es demasiado joven, ni mucho menos demasiado viejo para publicar su primera obra; lo importante es siempre tener una historia que contar, acompañada por un estilo de narrativa acorde con los escenarios a exhibir. El tiempo y los lectores luego se encargarán de exaltar el esfuerzo de dicha construcción narrativa o, por el contrario, de sepultarlo en el más rotundo anonimato. Así como hay varios novelistas que han publicado a una edad prematura; hay otros que, en cambio, tardaron muchos años (algunos llegando a una edad muy avanzada), y no por ello dejaron de conservar un legado importante en la narrativa mundial.

Tales impresiones también pueden acoplarse a la técnica de escritura. Al parecer, todos los caminos pueden ser válidos siempre y cuando la idea de la novela se mantenga y el objetivo a desarrollar no se pierda por cualquier intento de innovación que no contribuya con la trama y estropee la esencia del ambiente, los personajes y los diálogos. Por estos motivos, la conversación entre los jóvenes novelistas Javier Tibaquirá y Sergio Muñoz, realizada en la reciente Feria del Libro, nos abrieron un panorama esperanzador y apasionante sobre cómo llevaron a cabo el arduo, pero satisfactorio trabajo antes de publicar El signo del adiós y Aquellas pequeñas cosas o el chascarrillo del tío Tombo. Por lo tanto, si alguno de los lectores se encuentra en el dilema de publicar su primera obra, pero no sabe cómo afrontar este desafío o, caso contrario, en su interior hay una frustración inevitable al saber que es demasiado tarde y es mejor renunciar a la intención de novela, libro de cuentos o poemas que tanto les obsesiona; tal vez los aportes recopilados por parte de estos dos novelistas sean de gran ayuda para que también se unan al nuevo talento de la narrativa colombiana.          

Desde luego que las experiencias no siempre suelen ser las mismas. Y en este caso, por supuesto, no fue la excepción. En un primer plano tuvimos la oportunidad de conocer la faceta interior y compleja de Javier Tibaquirá. Su trabajo de construir los escenarios en su primera obra, surgió a través del reconocimiento continuo de los personajes como punto de partida para lograr, de la manera más convincente, esa identidad que no pareciera forzada, sino más bien natural, y al mismo tiempo atractiva para los ávidos lectores. Por eso el circo fue el lugar preciso para que así emergieran los misterios de la marginalidad como un gran espectáculo. Nos contó también que, para lograr el sueño anhelado de ver publicada esta magistral novela, primero pasó por largos períodos de abandono, de renuncia temporal a la idea de escribir esta historia que tanto rondaba en su interior durante muchos años, pero, al ser tan compleja de emprender, tardó casi una década en llevarla a cabo. En medio de tal confesión, pude concluir que esta es una de las etapas más humanas y a la vez inevitables por la que todo escritor atraviesa antes de ver concretada su obra. Tibaquirá tuvo que reconciliarse primero con su objetivo narrativo para que la obsesión de contar El signo del adiós se materializara después con mayor convicción y por fin diera a luz en un momento crucial y preciso.

En la siguiente intervención, Sergio Muñoz nos explicó, mediante un lenguaje sencillo y coloquial, las experiencias vividas durante el proceso de su obra Aquellas pequeñas cosas o el chascarrillo del tío Tombo. Las perspectivas de situar a Popayán como un lugar sumergido en la locura, las historias de arrabal (de esas que siempre terminan en balacera, borracheras y anécdotas de cantina) y un toque de humor para amenizar el formalismo por el que el autor decidió encaminar esta historia, representaron un gran desafío que se tradujo en largos períodos de aplazamiento, vivencias que fueron alimentando su curiosidad en aquel entorno local payanés y, por supuesto, su contacto cercano con la bohemia. Estas prácticas, aunque poco ortodoxas para aquellos amantes del rigor narrativo, surtieron un efecto favorable, porque de ahí afloraron con suma facilidad aquellos elementos que, progresivamente fueron determinantes para la trayectoria de la novela. La experiencia adquirida a partir de su peculiar vínculo con este tipo de realidad facilitó el resultado esperado; la obra dio un rumbo vertiginoso gracias al fulgor de la vida nocturna y a los conflictos derivados del alcohol que se plasmaron en las páginas de una novela que no solamente puede vincularse a la atmósfera payanesa, sino también a todos los rincones abrumadores de cualquier ciudad colombiana.

La escritura tiende a ser un arte difícil, pero a la vez placentero, principalmente cuando descubrimos, sin importar cuánto tardamos y cuánto nos cueste realizarlo, un progreso que resulte favorable para las expectativas de los lectores. La invitación hecha por Javier Tibaquirá y Sergio Muñoz consiste en preservar la idea de contar una historia sin importar el tiempo, las circunstancias o la técnica por la que todo escritor en formación atraviese. La creación de una obra es cuestión de paciencia, esfuerzo y muchas, muchísimas frustraciones, que prontamente se ven recompensadas por la constancia. Esperamos que en sus próximas novelas estos dos autores nos comenten sus nuevas experiencias y desafíos que contribuyan grandemente al avance de la nueva narrativa colombiana.

 

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